7 noches sin dormir

7 noches sin dormir
Ella tiene 5 días de vida. Nos estamos conociendo.  Febrero está terminando, nos regala una última ola de calor. Se rompe el aire acondicionado mientras dormimos juntas una siesta. B trabaja y Hermana está en la colonia. Nos despertamos acaloradas, nos refugiamos en el aire acondicionado del living.
Llora. Llora más que lo que lloró hasta ahora. Hice mal, hice mal en quedarme dormida. La expuse,  el calor le hizo mal. Claro, porque los bebés no regulan la temperatura. Y ahora está fastidiosa, pobrecita. Hice mal, hice mal en quedarme dormida.
4:35 AM  - B busca el termómetro en el cuarto de Hermana sigilosamente mientras intento, impotente, darle la teta que no toma, que no quiere o no puede. Llora. Llora como nunca lloró hasta ahora. Todavía no la conozco, pero sé que algo está mal. Sé que ella no me mira así. Sé que ella no esquiva mi teta.
37.4 grados. Despertamos al pediatra. Nos sugiere que la bañemos. Ella todavía tiene su cordón. Estaba indicado no bañarla hasta que se le cayera. B llena su bañera y la trae al dormitorio. El agua está fría. Llora. Se pone morada, la abrazo fuerte mientras la envuelvo en su toalla recién estrenada. Me asusto, miro a B, también él está asustado.
10:00 AM. Somos los primeros pacientes en la guardia de Neo. ¿Qué tiene? – nos preguntan. No sabemos, decimos al unísono. La fiebre va subiendo, no cede. La médica nos dice que hay que internarla. “Ya se lo imaginaban, ¿no?”  No, no me lo imaginaba.  Ahora lloro yo, sin freno.  “Hay que hacerle estudios”, me explican.
11:00 AM. El ascensor abre sus puertas en el piso 3 -Neonatología e internación pediátrica. Una médica viene a buscar a Alfonsina. Nos repregunta y entonces repetimos: ”Nació el 26 de Febrero, parto natural, rompí bolsa 12 horas antes de parir, el líquido amniótico siempre fue claro, me dieron antibióticos intravenosos, bajó un 3% de su peso de nacimiento al momento del alta, no hay nadie enfermo en casa, no recibimos casi visitas, su hermana no tiene mocos, ayer empecé a sentirla caliente y ahora tiene fiebre”. Nos dice que le van a tomar muestras de sangre y de orina. Pregunto cómo se toma la muestra de orina en un recién nacido: “con una jeringa en la vejiga“ me contesta. Sufro como si estuviera recibiendo yo el procedimiento. Se la lleva.


Persigo al conejo con chaleco y reloj, me meto en la madriguera. Caigo en el pozo, caigo y caigo. No soy Alicia en el país de las maravillas. Piso 3 – Neo. Entro a un mundo sin tiempo ni sol.


Viene a buscarnos una enfermera. Podemos entrar a verla. Antes debemos lavarnos las manos en una bacha metálica y colocarnos un camisolín. Está en un rincón, dentro de una incubadora.  Duerme boca abajo. Le pusieron un chupete. Tiene una venda en la muñeca izquierda que sostiene la vía que usarán para administrarle los antibióticos.
Nos quedamos parados mirándola dormir. Nos damos la mano. Nos abrazamos.  ¿Cómo se abrirá esta caja de plástico que contiene a mi hija?
La enfermera nos pregunta cómo se alimenta. “Si toma teta tenés que ir ya al lactario porque más tarde no te van a fraccionar la leche”.


Hay 13 bebés en la sala. Las cunas son de plástico transparente y se apoyan sobre un carrito de metal. Tienen dos cajones donde se guarda el óleo calcáreo, el algodón y los pañales. Cada bebé tiene su monitor de signos vitales encima de la cuna.
No se distingue la noche y el día, al menos por la luz. Sí por el movimiento de gente, a partir de las 21 hrs casi no quedan padres. Nos repiten que podemos entrar 24 hrs, pero las enfermeras de la noche no nos quieren entre las 2 y las 6. A las 3 de la mañana los pesan y les cambian las sabanas. Las enfermeras de la noche son falopa, les falta amor.  
Cada 3 horas los despiertan para comer: algunos toman mamadera, otros toman leche con jeringa y los más complicados se alimentan por sonda. Cada bebé tiene su medida de toma. Las chicas del lactario fraccionan la leche que nos sacamos las madres según esa medida.


Como frutos secos, tomo café y jugo de naranja. Me siento una deportista haciendo dieta hipercalórica de entrenamiento extremo. Es en lo único que cuido mi cuerpo, en lo demás no descanso, no lavo mi herida y paso todo el día sentada. Tengo que producir leche. Una vez por día doy dos vueltas manzana al sanatorio para estirar las piernas y activar la circulación.


Existe una sala de espera para padres, eso dice su cartel esmerilado. Hay sillones para "dormir" pero no se pueden apoyar los pies en ningún lado. Hay un teléfono para que las enfermeras avisen cuando un bebé necesita algo. Hay una mesita en la esquina llena de termos, mates y galletitas. Una tarde me quedé dormida hecha un bollo, vinieron las señoras de la limpieza. Les dio pena despertarme pero había que desinfectar el lugar.
Nosotros, los del 3er piso, esperamos. Vemos al resto de los padres en el hall de entrada cargando ramos de flores y bolsos aparatosos. El bebé suele estar en el huevito. Cuando me toque a mí irme a casa, Alfonsina va a estar en mis brazos.


Me puse el despertador todos los días, calculando cuándo tendría hambre. Salía de casa antes que saliera el sol. Cuando me iba acercando al sanatorio y sabía que nos estábamos por reencontrar las tetas se me ponían duras, manchaba la remera con dos grandes aureolas de leche. Me ponía ansiosa, siempre subí corriendo las escaleras porque no aguantaba esperar el ascensor. Urgente me ponía el camisolín y lavaba mis manos según el protocolo. Detrás de la puerta de Intermedia II, Alfonsina me esperaba en su rincón.


Al cuarto día me sorprendió, ¡qué felicidad fue verla en una cuna común fuera de la incubadora! El resto de las mañanas la encontraba a upa de alguna enfermera chupando un dedo con guante de látex. Ella me esperaba y rechazaba las jeringas rellenas de mi leche. Quería solamente mi teta y yo la quería cada vez más a ella.


Mi amor por ella creció cada día de internación, cada día de saber que la conocía, que la entendía y que sabía todo lo que me decía con su llanto y su silencio.
Me costó mucho darle la teta cuando llevó bigotera con oxígeno. Fue uno de los días más difíciles. La segunda línea del monitor acusaba, por momentos, menos de 80. Los registros bajos chillaban con una alarma avisando que algo va mal.
Aprendí a leer los signos vitales.


Me desnudé en cada toma que hizo. Las enfermeras insistían en que no era necesario que me sacara la remera para darle el pecho. Me observaron la atención diciendo que había padres en la sala. No me importó. Sentir su piel sin obstáculos me era muy necesario. Cada centímetro de tela mediante nos alejaba. Su suavidad era extrema, su piel virgen y nueva.


El día anterior al alta (que nunca se sabe cuándo será y por eso no se festeja nunca su anuncio por algún médico de guardia) tuve miedo de volver a casa. La rutina del locker en la sala de padres, del baño diminuto con fila y las esperas en el lactario se había vuelto una vida normal. No sabría cómo ser madre de Alfonsina en casa. ¿Cómo ser su madre sin conocer sus latidos, saturación de oxígeno y frecuencia cardíaca? ¿Cómo ser madre de una niña que no lleva una pulsera con código en su muñeca? ¿Cómo ser madre en pijama? Quería y no quería el alta. Repetí internamente los beneficios de que estuviera internada y me convencí que era lo mejor. Cuando esa madrugada llegué a nuestra casa deshabitada y revuelta, ví su moisés vacío y dejé de estar tan segura de que fuera lo mejor que estuviera internada. Me dormí enseguida, solamente porque hacía 20 horas que no estaba en posición horizontal.


Por 7 noches casi no jugué con Hermana, no cociné para ella, no la bañé ni la acompañé a dormir. Cada hora sentada en mi sillón amarillo de cuerina fue una hora sin ella. Rotó su lugar de sueño todas las noche: casa de la abuela, casa de la tía, su casa, casa de la abuela, casa de la tía, su casa. Contó en el jardín que su hermanita tenía fiebre y que mamá estaba en el sanatorio con ella. Compartimos pocas horas juntas esa semana, sus sonrisas me llenaron de fuerza. No supe contener mis lágrimas así que también lloré delante de ella.


Alfonsina está bien. Fue un virus. No sabemos cuál. No sabemos cómo se contagió. Las 7 noches sin dormir fueron lo más feo que me pasó hasta ahora.
Por suerte soy otra.


Encontré en B un compañero. Mi amor por él también creció por 7 noches sin dormir.

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