Llanto de Enero

Hermana mayor tenía un mes, sería fines de Diciembre o principio de año.  Nos invitaron a un asado de sábado al mediodía.

Estaba el miedo al viaje, la tolerancia al huevito. Un bolso repleto de “por las dudas”. Preguntas a B: ¿llevamos el cochecito? También era una presentación, amigos que todavía no la conocían. Iba lista a contar nuestro hermoso parto, su prendida a la teta, su aumento de peso, el “como zafamos” de la bilirrubina y la lámpara. Todos relatos de éxito, de triunfo.

Hija mayor (que era única en aquel entonces) empezó a llorar un poco más de lo normal. ¿Le duele la panza? pregunta la dueña de casa – madre experta de niño de 2 años – No sé, contesté e inmediatamente le metí la teta en la boca. No quería chupar, corrió la cara. Seguía el llanto. Probé dudosa unos masajes en la panza, mano temblorosa, movimientos torpes.  ¿Será sueño? intervino el padre – ya retirado de la urgencia del puerperio.  Busqué en mi bolso lleno de “por las dudas” el fular prearmado importado directo desde Estados Unidos, comprado en una interminable lista de Amazon. Me calcé el fular, la metí adentro. Había ensayado los movimientos frente al único espejo que hay en mi casa.

Nos fuimos a caminar por el parque del terreno. Alejar tu llanto de la mesa me tranquilizaba. Creí que si lograba recomponer cierto equilibrio entonces podría transmitirte cierta tranquilidad. Pero no, tampoco. No teta, no panza, no fular, no pañal. ¿Qué era? No tenía idea.
Le pedí ayuda a B. Aire nuevo. Un pase para ir al baño, hacer pis y mojarme la cara. Mientras me alejaba tu llanto se atenuaba en apariencia: ojos que no ven u oídos no que no oyen.  Aunque sí te oía, sabía que seguías llorando, que no te calmabas. Me acerqué otra vez a la mesa, llena de tacitas, servilletas usadas, copas abandonadas y vasos con coca caliente. Manoteé un alfajorcito, esos que vienen con las masas finas.

Fui otra vez a tu encuentro, te alcé, te abracé y te pregunté qué pasaba. Te dije que no entendía, que no sabía qué hacer y te pedí perdón. Acomodé una lona en el pasto y nos acostamos juntas cerca de un árbol. B se preocupaba por los mosquitos, sino sería que alguno te había picado. Pero no encontramos roncha. “Por las dudas” roció el contorno de nuestra lona con un repelente natural no tóxico y apto para bebés (de la lista de Amazon).

Seguías llorando y esto nunca había pasado. Tenía que ser justo hoy, lejos de casa, sin intimidad, el día en que los amigos de papá querían conocerte. Quería teletransportarnos a casa: ¿extrañarías lo para vos conocido? No sé…quizás. El llanto sería exagerado si ese fuera el motivo de tu displacer.
Había que volver, afrontar el auto y la incertidumbre del  tráfico. Una amiga de la casa pidió volver con nosotros y yo me quería morir. Quería la intimidad del auto, para al menos poder llorar con vos…pero no, tendría que mantener las formas un tiempo más. ¡Qué ganas subirse a un auto con un bebé-alarma encendido a todo volumen! Y la mina se subió nomás. Le dejé mi lugar, al lado de B. Un poco porque quería ir atrás con vos para verte y tocarte y otro poco porque quería hacerme chiquita en el asiento de atrás.

Lloraste buen parte del tramo. Sentí alivio por estar en casa. Me descalcé, me saqué la ropa y te di la teta una vez más. Esta vez dejaste de llorar. Te dormiste a upa mío. El alivio del cese del llanto nos encontró  miradas con B y nos regalamos una sonrisa.  Enseguida sentí urgencia por “hacer algo”. Soy ansiosa y no sé quedarme mucho tiempo quieta. Esto conspira contra la tranquilidad necesaria para dormir a un bebé. Por suerte B la tiene, sabe estar quieto y es un hombre tranquilo (y hermoso).

La tregua no duró lo suficiente como para recuperarnos del raid. Empezaste a llorar fuerte de nuevo y esto empezaba a tener otro color. Decidimos llamar al pediatra: “Estaré ausente por vacaciones hasta el 15 de Enero, en caso de emergencia contactarse con la Dra….” ¿Es o no una emergencia? ¿Cómo no sabía que el Dr…estaba de vacaciones?

Salimos a pasear juntas, esta vez ibas con otro modelo de fular (sí, tenías 2 versiones). Te calmaste, te relajaste y te quedaste dormida.  Caminé todo el tiempo, para que tu calma durara. No tenía rumbo: me daba lo mismo qué camino elegir, en qué esquina doblar. Y llamé. Sin consultar por segunda vez con tu papá sobre si era o no una emergencia. Me presenté y le conté lo que había pasado. Sospechó reflujo, sobretodo porque habías nacido en semana 37 y se podía todavía pensar en la inmadurez del sistema digestivo. Me dijo que hiciera dos cosas y la llamara el día siguiente para contarle: que le diera la teta solo cada 3 horas y que no la recostara después de cada toma. Quería llamar a B y contarle, pero supuse que estaría durmiendo y no lo quise despertar.  Seguí caminando un poco más y calculando volver a casa cuando se cumplieran las 3 horas de la última teta.

Fuimos prolijos con las indicaciones. Cuando llorabas y yo quería darte la teta igual, B se ponía firme conmigo y se quedaba con vos; con tu llanto. Mejoraste, llorabas mucho menos. Las dos pautas funcionaban. Pero entonces, ¿estabas enferma? Nos contaron infinitas historias de reflujo: niños y sus medicamentos.


No, no estabas enferma. Necesitabas tiempo. Desarrollarte. Nosotros crecimos con vos, aprendiendo a escuchar tu llanto sin dejar nunca de acompañarte.



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